Darío Martínez

Darío Martínez

Córdoba, Argentina

En mi vida hay días de todo y días de nada. A veces caer en un rutina cotidiana es inevitable y difícil de cambiar, porque comienzan a aparecer las preguntas del momento, ¿cómo será mi día?, ¿me alcanzará el tiempo?, ¿qué hago primero?
Por eso defino la vida como un constante caminar. Y en el camino nos encontramos con las circunstancias. 

Este último tiempo he atravesado por momentos duros, desde la pérdida de personas que fueron y serán muy importantes hasta situaciones difíciles que atraviesan mis amigos y familia. Los días difíciles te ayudan a reflexionar, y yo pude ver la vida de una manera totalmente distinta a la que mucha gente está acostumbrada. Comprendí que cuando pongo a Dios en el centro de mi vida y confío en Él, todo lo que me rodea resulta no ser tan malo como parece y encuentro una solución para todo. Entiendo que eso no sea normal en el común denominador de las personas, pero ahí es donde entra la fe.

Yo definiría la fe como un gran salto al vacío. Y lo que más me sorprende de la fe es cómo transforma las palabras. Lo inalcanzable se alcanza, lo imposible es posible, y lo que espera ser visto para ser creído en realidad debe ser creído para ser visto. Esas dualidades son las que me apasionan de la fe.
Explorar la fe es dedicarse un tiempo a uno mismo. Muchas veces estamos tan llenos de actividades y de placeres pasajeros que en el momento de darnos un recreo, pero aún en medio de ellos, sentimos un gran vacío.

Lo que más me apasiona de la fe es cómo transforma las palabras, lo imposible es posible...

El desafío para mí era pensar que si la fe fuera realmente relevante entonces debería experimentarla todos los días, como algo cotidiano.

Explorar la fe es dedicarse un tiempo a uno mismo...

Entonces tuve que ir más allá y profundizar sobre lo que me pasaba a diario. Esa iniciativa me llevó a identificar mi relación con Dios en todos los aspectos que rodean mi caminar. Fue revolucionario, porque empecé a ver la obra de Dios en el nuevo día que empezaba, en los desafíos que se presentaban, en las dudas que tenía, en las personas que me rodeaban. En toda situación podía ver su guía, o su provisión, o su paz o su silencio.

Quizás los que leen pueden pensar que nací en un hogar creyente y practicante. No fue así.
Mi familia era ajena a la fe y tampoco fui a un colegio que enseñara religión, de hecho crecí con la idea de que todo lo relacionado a la iglesia no era importante.

La fe es un gran salto al vacío...

Hasta que una tía durante el almuerzo hizo algo que me resultó extraño. Juntó sus manos, inclinó su cabeza, cerró los ojos y dio gracias. Eso despertó gran curiosidad y comencé a hacerle preguntas. Ella pensó que la mejor respuesta era llevarme a una iglesia pero ahí fue donde se durmió toda mi curiosidad. Ocho años después conocí al verdadero Dios en Alpha. 

Alpha es como llegar a casa luego de un día agotador, descalzarte y tirarte en un sillón...

Fue un antes y un después tan fuerte que no puedo ni siquiera imaginar mi vida sin Dios.
Llenó mis vacíos y respondió mis preguntas, antes de conocerlo era un joven insatisfecho en constante búsqueda. 
En el proceso de hacer Alpha viví cosas inolvidables.

Una de las historias que más me impactó en Alpha es la de una persona que atravesaba problemas psicológicos, había tenido varios intentos de suicidios, incluso algunas veces ella llegaba a Alpha con marcas de sus crisis, era tan grande la búsqueda y la necesidad que ella sentía que esperar una semana para asistir a Alpha eran meses.
Cuando terminamos Alpha nos preguntaron ‘¿Qué significaba Jesús para nosotros?’. Su respuesta fueron hermosas lágrimas acompañadas de una palabra: “Todo”. 

Alpha es un proceso maravilloso, y ocupa el lugar de una de las mejores experiencias de mi vida. Lo que más me gusta es la oportunidad que le ofrece a los invitados de unirse a una conversación y hablar de temas que nunca hablamos, ya sea porque no nos dedicamos el tiempo suficiente o nunca encontramos el lugar adecuado donde hablarlos.

Lo más extraordinario de Alpha es ver cómo Dios va obrando en cada uno de nosotros, ver la transformación de las personas y la atmósfera de amor y libertad.

Hoy tengo la oportunidad de estar del otro lado y si dijese que no disfruto organizando Alpha sería engañarme a mi mismo. Cada vez que nos sentamos con el equipo recuerdo la primera vez que llegué a Alpha, recuerdo mi sentir. Eso es lo que más disfruto de Alpha, que hace sentir a las personas como se sintió aquel Darío que vino hace cinco años.

Alpha ocupa el lugar de una de las mejores experiencias de mi vida...

Alpha es como llegar a casa luego de un día totalmente agotador, descalzarte y tirarte en el sillón. De pronto ves que no sos el único que está cansado. De pronto todos ven que Jesús les sirve un café. Eso es Alpha para mí.

Darío Martínez es de Córdoba, Argentina. Vive en la ciudad de San Agustín. Tiene 20 años y es apasionado por el voluntariado. En la actualidad colabora con Alpha, en un hogar de niños y en una radio local. Su sueño es formar una familia y tener tres hijos. 

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